Carácter civil de la Policía Nacional
Juan Javier Aguiar Román y Santiago Guzmán León
El pasado sábado 10 de octubre, con motivo del partido de la selección nacional de fútbol, alrededor de 60 uniformados de la Policía y del Ejército estuvieron presentes en la Plaza Foch en Quito, algunos a caballo, otros en moto, unos más a pie, algunos con camuflaje verde, otros con camuflaje gris y varios más con chalecos de tránsito. Mientras tanto, en los parques y plazas de la ciudad, en las calles y avenidas desoladas y en los barrios periféricos los criminales podían desenvolverse libremente.
Cientos de incidentes delincuenciales ocurren cada día en las ciudades del país. De éstos, sólo un porcentaje limitado es denunciado a las autoridades, y el número de casos que resultan en la identificación de los delincuentes es ínfimo.
La asignación de mayores recursos a la policía es importante y necesaria pero no basta para lograr el objetivo de la seguridad ciudadana. Los recursos como el armamento, los chalecos antibalas, los vehículos del año, el aumento de sueldos y de puestos de vigilancia, son inútiles si no son liderados por una estrategia civil proactiva de prevención del delito y no sólo reactiva de combate a la delincuencia.
El artículo 163 de la nueva Constitución establece que la Policía Nacional debe ser una institución de carácter civil. En la actualidad, si bien depende del Ministerio de Gobierno, Policía y Cultos, no existe un control ciudadano directo. La desconexión entre los esfuerzos policiales y la sociedad resulta nefasta no sólo porque no se denuncian todos los hechos delictivos, sino también porque no da lugar a colaboración identificando a los criminales, lugares donde se esconden, etc.
Es indispensable que la sociedad confíe en la policía y esto sólo se logra paulatinamente a medida que se pueden constatar resultados positivos. Algunos jefes policiales en Estados Unidos han enfatizado recientemente la importancia de establecer relaciones cercanas con la comunidad que están llamados a proteger para que sus esfuerzos rindan fruto y sean eficaces. Campañas como la de los corazones azules son útiles, pero se puede y se debe hacer más. Así como el presidente tiene su cadena sabatina, tal vez cada jefe policial de las ciudades del país debería rendir cuentas acerca de las actividades de su institución con regularidad, y tal vez se deba analizar la conveniencia de que la policía responda a consejos ciudadanos locales en las diferentes ciudades y provincias del país, en base al número de habitantes o en relación a determinadas áreas geográficas.
Una iniciativa que también podría estudiarse es la decisión tomada en Perú de asignar el control del tránsito al personal femenino de la policía. Esta medida fue adoptada como una forma de combatir la corrupción y lograr un mayor cumplimiento de la ley. Otra iniciativa encaminada a elevar el respeto y la consideración a la policía de tránsito podría ser requerir que sus miembros tengan como mínimo un título universitario de primer nivel.
El desarrollo de un país se puede medir en parte por el índice delincuencial y de violencia social. Para lograrlo, la policía debe volverse sinónimo de seguridad y no de abuso y confrontación ciudadana. Es necesario por tanto modernizar a la institución policial, capacitar adecuadamente a su personal y establecer una nueva forma de organización que afiance su carácter civil.
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